CRITICAS    
 
Título / Autor
Medio / Lugar / Fecha
  Por
Blanca Monzón
La textura del
pensamiento
Mayo / 2008
  Por
Alvino Dieguez Videla
Mil ideas sobre tela
Diario La Prensa / Buenos Aires / 16 de Marzo / 2008
  Por
Diana Saiegh

Julio / 2005
  Por
Graciela Hasper y
Julio Sánchez


2003
 

Por
Fermín Févre

Revista Caras / Buenos Aires / Septiembre / 2003
 

Entrevista de
Elena Oliveras
Un mundo secreto


Diario Clarín / Espacio Joven / Buenos Aires / Marzo / 1991
 

Por Rosa Faccaro
Búsqueda


Diario Clarín / Buenos Aires / Agosto / 1990
 

Por Albino
Dieguez Videla
Referencias
Sintéticas


Diario La Prensa / Buenos Aires / Junio / 1989
 

Por
Enrique Horacio Gené
Cuando los totems
habla de piedad

1990
 

Por Albino
Dieguez Videla
Pinturas de
Gabriel López Santiso

Diario La Prensa / Buenos Aires / Agosto / 1990
 

Bellas Artes
Temas Cotidianos
Aptitud promisoria


Diario La Nación / Buenos Aires / Agosto / 1990
  Por C.M.
Tres muestras
en Marienbad


Diario El Cronista Comercial / Buenos Aires / Junio / 1989
 
   
  Por
Blanca Monzón

La textura del pensamiento
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Mayo / 2008


Blanca María Monzón.
Licenciada en Filosofía y Letras.
Crítica de Cine y de Arte.
Curadora Independiente.
Dr. del Dpto. Audiovisual del
Centro Cultural Borges.
Secretaria General de Cronistas
Cinematográficos de la Argentina.
Miembro del Dpto. de
Investigación y Crítica
se SIGNIS Argentina.
Las relaciones de significado entre las palabras, las imágenes y las cosas ha sido un problema filosófico y lingüístico, del que se ha ocupado el arte contemporáneo, trabajo, que a veces con mucho riesgo y pasión ha demostrado, que las cosas no son sólo lo que son, las palabras lo que dicen y las imágenes lo que muestran. Sus significados se cruzan, se vacían o se fugan, en una compleja trama en la que interviene la propia intención del que habla, escucha y mira. El lenguaje no es ni inmóvil ni objetivo, sino que está dotado de un carácter hermenéutico y de una sensibilidad poética, que lo lleva a un cambio continuo y a transformaciones que revolucionan al propio pensamiento y a nuestra percepción del mundo.
Gabriel Lópéz Santiso llama a su obra Pinturas. En principio, porque elige no nombrar, y en segunda instancia, porque para él el arte es la diferencia entre lo que piensa, y lo que puede hacer a través de dos elementos: tela y acrílico.
Paradójicamente, la forma de comunicarse es deformar los signos, a partir de símbolos e imágenes con formas imprecisas, en el que lo objetivo y lo subjetivo tienden a unirse, en una estructura donde predominan el ritmo y el color. Y donde el universo es un orden espacial puro, una especie de eternidad siempre presente, actualizada y escindida de cualquier noción temporal.
La pintura es también su forma de vida, y el instrumento, que le permite reorganizar el orden interno y al mismo tiempo reconstruir la realidad.
Esa realidad tiene mucho de “road movies” en ciudades imaginarias. Porque las formas que penetran el espacio, se parecen a laberintos, pero son caminos, senderos que se bifurcan, que nunca terminan y se entrelazan para volver a reaparecer. Representados como los fotogramas de una película, que bien podrían ser una remake en texto pictórico, de “Bonny and Clyde” o Thelma & Louise”. Pero con música de Miles Davis, Charlie Parker, John Coltrane o Jimi Hendrix. Siempre en un día de sol, con mucha luz, porque en su pintura no hay sombras, es el color y la textura, los que juegan y se imponen.
La obra de López Santiso comparte con el Jazz el trabajo con la libertad de la improvisación, su ritmo cambiante y cierta dificultad para definirla.
En la mayor parte de los casos se ha abordado el estudio teórico del Jazz desde los principios de la música clásica, y por musicólogos europeos, y éste se resiste a ser abordado fuera de su propio universo, sólo su audición permite comprenderlo. De igual manera, “La textura del Pensamiento” se explica así misma, sólo por medio de la experiencia de su contemplación. Sus características principales son el ritmo generado por el movimiento de una penetración continua y la alternancia o superposición del púrpura de dioxadina, del rojo de cadmio, del amarillo, del naranja o del azure blue que producen gran tensión emocional, y al mismo tiempo nos transportan a una geografía más cálida, quizá de matriz negra. Su obra lo confirma, cuando recorremos con la mirada esas impactantes formas arcaicas y percibimos una profunda carga energética, que da cuenta de un estilo fuerte y libre de ataduras.
Cabe destacar dos referentes: La vinculación con el origen de su obra pictórica, cuya imagen alude a la iconografía del arte indígena americano, producto de una estadía de nueve años en la ciudad de San Francisco, Estados Unidos, donde cursa una maestría en el Art Institute, espacio que despierta en él, una preocupación por investigar acerca de las representaciones de las culturas aborígenes. Y ya en un terreno de carácter especular: Gabriel reconoce en el espejo una pertenencia de linaje indígena. Esto intentaría explicar el uso de ciertos colores y su pasión por el Jazz.
La obra de Gabriel Lopez Santiso manifiesta una estructura repetitiva, cuyo preci-o-so contenido adhiere a una lógica deleuziana. En ella hay un sujeto latente que se repite a sí mismo, formando otra repetición en el corazón de la primera.
Parafraseando a Deleuze en “Repetición y diferencia”, diremos: “que esta otra repetición no es en ningún modo aproximativa o metafórica. Es por el contrario, el espíritu de toda repetición…. Esta repetición constituye la esencia de la diferencia… ella es el sentido primero, literal, espiritual de la repetición.” Pero el interior de esa repetición se encuentra siempre afectado por un orden de diferencia, que marca a su vez el procedimiento elegido, dando cuenta de la fuerza de su estilo, y de la energía de su espíritu. Esta es la mayor conquista que explicita su obra, tanto en el sentimiento, como en el pensamiento. Y tanto para el sentido como para el sinsentido.

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  Por
Alvino Dieguez Videla

Mil ideas
sobre tela
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Mayo / 2008

La experimentada labor de Gabriel López Santiso va por un camino en que coinciden sus ideas estéticas con una variada cantidad de referencias. Los acrílicos actuales parecen collages que se relacionan con los históricos constructivistas rusos y hasta con los diseños textiles de Sonia Delaunay, y por ese encanto reminiscente, son obras que se miran con mucho detenimiento y que sostienen la indagación a fuerza de un inédito acompasamiento de color.
López Santiso conoce cabalmente su oficio y lo despliega echando mano a una serie de habilidades técnicas que son las encargadas de sostener la composición -como se dijo- el eficaz aporte cromático.

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  Por
Diana Saiegh


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Julio / 2005
El pintor Gabriel López Santiso nos abre con su muestra un mundo de imágenes, colores y formas casi mágicas. Este artista argentino, que nació en San Isidro en los años setenta, presenta sus trabajos por lo iconográfico, por una particularidad combinatoria cromática y por el ingreso al universo más profundo, original y esencial del ser humano.
Las formas pictóricas de López Santiso, se presentan a través de una serie de figuras arquetípicas que nos recuerdan a los pueblos originales y a los estados del sueño. Lo instintivo, lo primitivo y lo no racional aparece con fuerza en cada una de las obras.
Gastón Bachelard, en su libro "La poética del espacio" dice: "Cuando los metafísicos hablan poco, pueden alcanzar la verdad inmediata, una verdad que se desgastaría por las pruebas, entonces se puede comparar a los metafísicos con los poetas, asociarlos a los poetas que nos revelan en un verso una verdad del hombre íntimo", y cita a Jaspers Von der Wahrheit "Jedes Dasein scheint in sich rund": "toda existencia es redonda". Así, sin comentarios, Van Gogh ha escrito: "La vida es probablemente redonda". Más adelante Bachelard afirma: "Si es posible una fenomenología del encadenamiento de las ideas, debe reconocerse que no podría ser una fenomenología elemental: este es el beneficio de elementariedad que encontramos en una fenomenología de la imaginación".
Este joven pintor residió desde mediados de los noventa en San Francisco (EEUU), donde obtuvo un Master en Fine Arts del San Francisco Art Institute. Se ha dedicado tanto a la pintura como a la investigación visual en diversos medios como el digital, el campo poético, la música y la tensión psicogenética. Esta experiencia le ha permitido acercarse a importantes y diversas colecciones del arte occidental, que han influido en su obra.
Los temas latinoamericanos, la referencia a la cultura indígena y original, y el acceso a mundos desconocidos, se hacen presente en el trabajo de este artista, a través de una explosión de color y formas. Los sugerentes títulos de las obras se combinan con una pintura enigmática, poética y provocadora. En la recorrida por la muestra, hasta el visitante más desprevenido se verá sorprendido por los impactos de color que nos acerca López Santiso.

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  Por
Graciela Hasper
y
Julio Sánchez


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2003

Después de una larga estadía en el exterior, Gabriel López Santiso vuelve a exponer sus trabajos en nuestro país. Este artísta asomó a la escena artísica local a principios de la década del noventa con una particular repercusión en el público y la crítica especializada.
Gabiel nació en San Isidro el 21 de marzo de 1964 y cursó su formación artística en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, donde obtuvo su título de Profesor Nacional de Dibujo y Pintura. Expuso su obra en galerías de la ciudad de Buenos Aires y en museos de la República Oriental del Uruguay. Su obra pictórica se distinguió por una imagen cuyo interés iconográfico enraizada en temas del continente americano.
Comenzada su tercera década decide radicarse en el exterior, desición que redondará en una perspectiva más amplia y enriquecedora. En la ciudad de San Fracisco, Estados Unidos, reside casi nueve años y comienza a cursar estudios para una maestría en el Art Institute. Lejos de su familia, de sus amigos y de su entorno, Gabriel siente que el cambio de contexto implica un replanteo de su propia situación e identidad. Allí se ve como un "extranjero, parte de una minoría masculina heterosexual, argentino y latino". Su experiencia en los Estados Unidos le permite el contacto directo con importantes colecciones de arte occidental en un espectro variado: desde los Old Maters del Viejo Continente hasta las expresiones má radicales de una sociedad capitalista de producción y consumo, el pop art, la historieta, y hasta la psicodelia del hippismo que cautivó a los jóvenes de la década del sesenta.
Junto a todo este estruendo cultural, hacía su aparición -silenciosa y rotunda- la cultura aborigen. Los pueblos que habitaron la tierra desde (ab-) el origen son los que producen artefactos que son considerados arte o artesanía desde el punto de vista del dominador, pero que desde el seno del productor con algo mucho más primordial y visceral. Este repertorio cultural autóctono es el que más cautivó a Gabriel López Santiso. Hubo una comunión espiritual entre el artísta y estos pueblos de la tierra. Muchas de las imágenes del arte indígenas fueron reelaboradas en la pintura de nuestro artísta. Gabriel se mira al espejo y reivindica un origen indio.
Dos años después de haber llegado a los Estados Unidos Gabriel comienza a investigar seriamente los ritos indígenas y cómo fueron adaptados a las normas occidentales. Lee a Carlos Castaneda, el autor de Las enseñamzas de Don Juan.
El famoso antropólogo peruano propone "la derrota de la antropología y la victoria de la magia", de la mano de un mítico chamán, Don Juan, que abreva en las plantas alucinógenas como una forma de expandir la conciencia. Gabriel también lee la Historia política y social del LSD en los Estados Unidos, de Timothy Leary, a Carl Gustav Jung y a Stanislav Grof.
Los tiempos de lectura son acompañados por acercamiento a la obra de artístas como Roy de Forest, Fred Tomaselli y Squeak Camwath. Todos ellos afincados en la Costa Oeste de los Estados Unidos, es decir, lejos del alborotado mundo del arte neoyorquino, de la competencia y del shwo off. Las fuentes de inspiración de estos creadores no es el mundo externo sino el interno. Profundizan en los abismos internos del ser más que en sus apariencias externas. Para ellos son capitales las experiencias del rito, como ceremonia de paso de un lugar sagrado aun lugar profano. Una vez dentro del territorio sacralizado, la percepción se afina, los sentidos se expanden y el cuerpo forma parte de una realidad mayor, que lo contien y lo protege. Las formas de acceso a esta realidad son variadas, prácticas diversas en las que se incluyen los psicotrópicos.
En estas situaciones la realidad fenomenológica, aquella que aparece ante los sentidos, se acerca al mundo creado por las historietas, que los artístas arriba citados, no olvidan a la hora de elaborar sus trabajos.
Carlos Villa, artísta y profesor en el SF Art Institute actúa como guía. Frank Stella es otro de los artístas que impacta en la experiencia artística de Gabriel; particularmente en lo que respecta al problema del soporte y la solución del marco recortado. Años atrás, Gabriel había experiementado con la adición de cuadros rectangulares colocados en forma vertical. Estos polípticos irregulares evocaban, desde la forma, la fuerza del tótem. Los muralistas mexicanos le proporcionan un nuevo territorio para explorar; particularmente, los llamados "Tres Grandes", Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Son sus obras las que le dan a Gabriel una nueva perspectiva del monumentalismo, de las obras de grandes dimensiones, mucho más abarcadoras del espacio, más cercano a la arquitectura que al cuadro de caballete.
Quizá la misma pasión que sintieron estos muralistas al descubrir el patrimonio precolombino que les antecedía, fue la que llevó a Gabriel a interesarse por las decoraciones prehispánicas. No es dificil percibir una continuidad entre aquellas y las creaciones de nuestro artísta. En sus obras la superficie pictórica aparece atravesada por líneas en forma de red; mientras que en otras son cubiertas por una especie de piel escamada. En otras pinturas los motivos vegetales se delizan sobre la superficie, a la vez que envuelven los espacios cóncavos y convexos. La exploración del color lo lleva a crear unas formas ovaladas que se repiten como un diseño que podría extenderse más allá de los límites de la tela. Estos óvalos, más que inspirarse en un diseño ornamental, provienen de la impresión de su pulgar; marca que es utilizada por las fuerzas de control del estado para identificar a las personas.
Varios son los universos de color que atraviesan las pinturas de Gabriel; como por ejemplo el de las golosinas, no tanto por la complacencia en el gusto, sino en el color. La combinación cromática de los bastoncillos retorcidos de caramelo atraen tanto a los niños como a los adultos. Para el ojo de un artísta son una combinación de sencillez y transparencia en una pequeña fiesta de colores. En algunos de sus cuadros hay una base de colores fluorescentes y con esta técnica se puede lograr una luminosidad intensa; los colores pastel colocados sobre esa base logran bajar su temperatura. Una parte de su paleta de colores es tan ácida como los títulos que completan el sentido de cada cuadro. Mac - Lucy es un maridaje nominal entre la artista Wolly Mac Cracken y parte del título de la famosa canción de los Beatles, Lucy in the sky with diamonds, cuyas iniciales (LSD) aluden a la droga alucinógena. Erased Hippie (¿refiere al famoso Erased De Kooming?) lleva, ademàs de pintura, pastillas ansiolìticas y para dormir. Títulos como Le regret d´Heraclite, Las ruinas circulares y Del inconveniente de haber nacido, tiene resonancias más metafísicas; aluden más bien a un planteo sobre las dimensiones y dificultades de la existencia. N.N. y A.D.N. son algo más que letras, apuntan directamente al mapa genético, a la identidad o falta de identidad de las personas.
Detrás de una explosión ordenada de color, las formas pictóricas de Gabriel López Santiso se organizan en una estructura orgánica y hasta mórbida. Estas formas van más allá de una mera combinatoria cromática, más bien se enraízan en una serie de figuras arquetípicas que atraviesan el alma del hombre universal y que se ven con más claridad en los pueblos primordiales y en los estados de expansión de la conciencia.

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Por
Fermín Fèvre


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Revista CARAS
Buenos Aires
Septiembre / 2003


Hace unos diez o doce años conocí un conjunto de pinturas de Gabriel López Santiso. Por aquel entonces utilizaba una serie de signos y símbolos de su creación que aludían a una temática americanista. Su paleta era baja y traducía una mirada melancólica, tal vez triste.
Los años han pasado, el artista vive desde mediados de la década del '90 en San Francisco (USA) donde ha obtenido un master en el San Francisco Art Institute en l998. Su pintura no es la misma; pero, si bien ha variado, en lo sustancial mantiene una continuidad. Ahora su paleta, siendo cálida, se ha levantado y su pintura denota una mayor libertad al convivir en ella formas y microformas de diferentes características.

En esa mayor audacia expresiva, Gabriel López Santiso ha desarrollado una visión personal en la que su lenguaje plástico se ha enriquecido con transparencias, veladuras y la elaboración de diferentes texturas, que incluyen la incorporación de clavos, sogas, y otros elementos empleados con sentido plástico.

Esas texturas, de rica materia, responden, también a un color pacientemente elaborado en sucesivas capas que interactúa con formas seccionadas y fragmentadas preferentemente curvas. Crea de ese modo, estructuras dinámicas, por momentos seriadas, que actúan por repetición o reiteración, dando origen a espacios laberínticos valiéndose, incluso, del escorzo.

En algunos casos, esos desarrollos provenientes de una concepción abstracta terminan por aludir a formas con ciertas reminiscencias orgánicas indiscernibles. Se pueden entrever flores que tienen un sentido constructivo. (No hay que olvidar que Bacon definía al arte como naturaleza más hombre).

La luz es otro elemento utilizado por el artista como una irradiación. La utilización de fluor le da una particular vibración. Aunque se valga de elementos no pictóricos e incluso, aún, antipictóricos, López Santiso reivindica el poder expresivo de la pintura, tratando de extraer de ella la
mayor cantidad de sus recursos.

Cierto dramatismo que, en algunas obras se trasluce más que en otras, pernitiría una lectura en la que la liberación del inconsciente actúa como un puente entre el mundo interior y su compleja trama de afectos y represiones y el "orden" exterior con sus incitaciones, adhesiones y rechazos.

En suma, López Santiso, con su pintura, rica en alusiones y en densidad psicológica, nos ofrece un amplio registro perceptivo que pernmite lecturas diversas. No sería equivocado, tal vez, situarla como una original versión de un neobarroco americano actual, presente en la cultura de nuestros días con auténtica validez.

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Entrevista de
Elena Oliveras

Un mundo
secreto


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Diario Clarín /
Espacio Joven
Buenos Aires
Marzo / 1991


- ¿Cuál ha sido tu formación plástica?

- Estudié en la Escuela Nacional de Bellas Artes P. Pueyrredón. De allí egresé en 1986 con el título de profesor nacional de Pintura. También asistí a los talleres de Aurelio Macchi y de Inés Bancalari. Con posterioridad a mi graduación realicé estudios de prefeccionamiento con el Prof. Teodoro Craeim.

- ¿Qué influencias destacarías?

- De alguna manera todo lo que he vivido me ha influenciado, pero debo destacar que algunos músicos -Brahms, Beethoven, Stravinsky, Mozart, Coltrane, Cage- y escritores -Rimbaud, Joyce, Kierkegaard, Nietzche- me han impresionado vivamente. Yo venía de una formación europea pero no estaba conforme con el orden establecido. Me interesaba todo lo que fuera romper con ese orden y al mismo tiempo poner los pies en la tierra de nuestros ancestros, rescatar todo lo que el ser humano ha perdido o lo que tiene reprimido para sacarlo afuera, a través de la pintura.

- ¿Podrías señalar, entre los nombrados, algún caso paradigmático de esa actitud que intentas canalizar en tus pinturas?

- Es el caso de John Coltrane, quien se mantiene firme bucéandose, siendo sincero consigo mismo. Este saxofonista estadounidense, de raza negra, mantiene un fuerte contacto con la tierra, rescatando un sentimiento metafísico y la conciencia cósmica, el hecho de ser parte del universo.

- ¿Cuáles son los pintores que sentís más próximos a tu obra?

- Tamayo es como un maestro para mí. Al ser hijo de indios, está conectado con el centro de la tierra. También me siento próximo a Matta, Lam y De Syslo.

- ¿Cuáles son los rasgos que caracterizan tu imagen plástica?

- Cuando egresé de la Escuela, y luego de probar de todo, "saltó" una imagen que posteriormente consideraría propia. Hay en ella como estallidos de elementos precolombinos, un buceo de sus raíces, un intento de captar la intensidad del mundo prehispánico. También se podrían encontrar símbolos de un inconsciente colectivo como la flecha o la mano que, en mi caso, incluye la referencia al dolor de querer aferrarse a algo. Creo que, en general, el mundo al que aludo es un mundo secreto, un mundo de veladuras.

- ¿Cómo se encuentra el espectador reflejado en este mundo secreto?

- Si bien el cuadro es un medio impenetrable es también como un espejo que nos mira y nos refleja. Nos mira sin ojos o, quizá siendo todo ojos. Me interesa que el espectador sienta ese vacío en las miradas.

- ¿Sería esta una de las principales funciones del arte?

- Prefiero no usar la palabra arte porque creo que el arte, como tal, es inalcanzable y, si lo alcanzamos, ya está muerto, ya no se busca más. Si a veces empleo la palabra es por pura comodidad. En cuanto a sus funciones, creo que solo las podemos ver retrospectivamente. Yo acostumbro archivar mis obras como si fueran tapas de casas de discos. No les asigno ninguna función. Esta depende del azar, que podría convertirlas en artísticas, decorativas o bien, destruirlas. Lo único que me interesa es pintar -y escribir-, pero no por el resultado sino por el hecho de pintar, porque me pone con las antenas siempre orientadas a nuevas posibilidades.


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  Por
Enrique Horacio Gené


Cuando los totems
hablan de piedad
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1990


Una mañana golpearon a las puertas del alma de Gabriel López Santiso legendarias visiones de tiempo idos. Por momentos imágenes de la América precolombina, de a ratos, iconografías de otras latitudes, de diferentes culturas; todas imprecaciones a distintos dioses (o al mismo bajo diferentes nombres). El las asume y las totemiza, que es una forma de viabilizar la quimera, las escondidas estructuras de esos hacedores de milagros a quienes el hombre, en tan distintos idiomas, le elevó preces desde su soledad.
Viendo estas obras –parece absurdo decirlo- pensé en las distintas piedades de Miguel Ángel, que tuve la dicha de ver en sus aristocráticos emplazamientos romano o florentinos. Evoqué aquella necesidad de redención que parece estar invocando, en cada oportunidad y desde la contemporánea edad de su creación, ese gigantesco imaginador del milagro escultórico, que fue Buonarotti. Veinteañero, en la del Vaticano, clamando por su propia salvación, cuando se representa como el José de Arimatea, en Nuestra Señora de la Flor o sin animarse a despejar la verdad oculta en el bloque de mármol, cuando su vida se acerca a los noventa años, en la Palestrina, de la Academia, estas dos últimas en la inagotable Florencia.
Al escribir ahora, siento que hablo de los milagros de Dios (o de los dioses) y de los que, desde cada nueva propuesta realiza el artista. El también lo hace todo desde la nada. El también nos invita a soñar desde el mundo de su personal invención, con aquello que está más allá de lo que vemos, de lo que podemos palpar.
López Santiso es joven, pero delata una joven comprensión de la verdad, así como una joven sabiduría que, a no dudarlo, se afirmará en el tiempo. Hay en sus creaciones algo de la asombrada visión del constructivismo del Joaquín del Plata y mucho de la ufanada jugarreta de ese otro nigromante, taumaturgo, decidor de disonancias, diagramador de la alada gracia de la sorpresa amable, que se llamó Xul Solar.
No es mala la ascendencia y es mucho más confiable el presente de este plástico nuestro que dice con seriedad y buena fortuna –desde su juventud- de los azares de su imaginación.

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Por
Rosa Faccaro

Búsqueda


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Diario Clarín
Buenos Aires
Agosto / 1990

 


La crisis del pensamiento religioso conduce al hombre a buscar, en otra realidad, una respuesta a su necesidad de trascendencia. Es el arte en sus manifestaciones creativas el que, sin sustituir la proyección de la naturaleza religiosa inherente al hombre, lo conduce a una búsqueda metafísica.

En la obra de Gabriel López Santiso expuesta en la galería Sisley, Arenales 834, hallamos este planteo. Como hacedor de símbolos el artista condensa una energía que busca en sus proyecciones. Es a través del ícono que el hombre encuentra en la representación esa sustancia que alude a una realidad ausente. Las construcciones de López Santiso tienden a una liturgia convocante. Maderas, cartones y telas, con un ensamblado a modo de mandala, responden a imágenes arquetípicas con la idea de centro.

Un origen remoto, quizá precolombino, está presente en el espíritu de iconicidad. Fluyen así las grafías que cubren el especto de un silabario, todas ellas dentro de un repertorio americano sin distinciones.

Estas obras contienen una materia rugosa de cromacidad baja y saturada. La luminosidad de naranjas y magentas asoman de un entramado que encasillan una heterogeneidad de signos, entre los que vemos la rueda dentada y radiante, la espiral, el relámpago, y espinas triangulares.

Una visión geométrica nos remite a un Joaquín Torres García y su constructivismo, pero más cromatizado. El color con sus encendidas texturas nos recuerdan a un Rufino Tamayo o Wilfredo Lam. No hay duda que este joven artista ha superado ampliamente los postulados plásticos de su anterior muestra, encontrándose ahora, en esta serie de trabajos una fuerte unidad conceptual, y un nivel plástico de indudable interés.

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Por
Albino Dieguez
Videla

Pinturas de
Gabriel López
Santiso


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Diario La Prensa
Buenos Aires
Agosto / 1990


Desde el año pasado este pintor joven ha experimentado cambios notables. Ha manifestado su independencia hacia una pintura de áspera comunicatividad. Lo telúrico americano rige el color y el planteamiento de pinturas -en casos- con apariencia de esculturas. Los colores de la tierra, las ataduras, la segmentación de los soportes, todo remite a lo ancestral y también a premisas constructivistas.

Si ya en su muestra anterior López Santiso nos interesó, y lo dijimos en esta página, creemos que ahora ha encontrado un nuevo punto de partida, una mayor relación entre la pulsión y el discurso expositivo. Desde este punto el pintor puede sedimentar su lenguaje de una originalidad ya destacable.

Expone en la galería Sisley.

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Bellas Artes
Temas
Cotidianos

Aptitud
promisoria


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Diario La Nación
Buenos Aires
Agosto / 1990


Gabriel López Santiso es un joven pintor (San Isidro 1964). Un espíritu americano parece presidir sus trabajos, sostenidos por un armonioso sentido de la forma y del color, que evita las disonancias, y por un propósito constructivo. La estructura de algunas de esas obras evoca levemente, aunque desde una actidud más ortodoxa y en consecuencia menos comprometida, los aportes del shaped canvas (los cuadros de contorno irregular).

En Sisley, Arenales 834.

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Por
Albino Dieguez
Videla

Referencias
Sintéticas


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Diario La Prensa
Buenos Aires
Junio / 1989

 

 


Solemos decir habitualmente que lo mejor de nuestra profesión es el descubrimiento. Ahora es el caso de López Santiso -San Isidro, 1964-, dueño ya de una seriedad expositiva excepcional. Las grandes telas que expone en la galería Marienbad se imponen por la seriedad que manifiestan. Abstractas, pero de una manera personalísima, en el entrecruzamiento de planos y líneas se percibe la labor lenta, ardua, quizás -por los nombres de los títulos- originada en vastas lecturas. Se trata de un pintor original sin que esto conlleve la habitual cuota de "pirotecnia" vana. Es un original porque se lo nota serio, consciente de lo que pinta. Por el "curriculum vitae" de López Santiso nos enteramos de los maestros que ha tenido y comprendemos mejor lo que vemos. Se trata de pintores y un escultor de los mejores de nuestro medio. De ellos el artista ha aprendido la nobleza del oficio sin que se le noten las habituales influencias a que conduce la admiración.

En las telas de la sala más chica de Marienbad -donde expone- está de más la inclusión de polietileno que dificulta la lectura y nada "suma", más bien "resta".

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Por C.M.

Tres muestras
en Marienbad

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Diario El Cronista
Comercial
Buenos Aires
Junio / 1989

 


No me extenderé, hoy, sobre las características de la pintura ingenua, porque lo he hecho ya muchas veces anteriormente, y porque, como siempre, el espacio apremia. Inocencia, espontaneidad, soltura, calidez, son algunos de sus atributos espirituales. Dos artistas, dos mujeres, ambas muy sensibles y muy tiernas, y excelentes artistas, sobradamente lo ejemplifican en la galería Marienbad (Talcahuano 1207, y si van fíjense, ya que están, en las maravillas de mayólica que adornan la escalera), Ana Cenzato e Ileana Rabin. La primera prefiere el paisaje, íntino, casi en una clausura mística, en la ciudad. Callecitas encantadoras, puertos mínimos con cándidas fragatas, globos sueltos esmaltando el cielo, casas blancas y techos de pizarra carmesí. La segunda se ciñe a interiores mágicos, la exuberancia de una naturaleza que se muestra como onírica, figuras reclinadas en esperas interminables, paredes de un cuarto que son a su vez jardines, pájaros mitológicos, animales de la fábula, tangibles, cercanos, propios. Las dos, creadoras imaginativas, dueñas de enorme y dilatada fantasía, y desde luego, pintoras con todas las de la ley.

Y en la planta alta, en la que es su primera exhibición individual, un muchacho bastante más que promisorio, al que sin conocer diría que conozco, tan elocuentes me resultan sus pinturas. Que me señalan un mundo interior muy rico, en constante mudanza -¿búsqueda?- algo melancólico en sus gamas bajas, y también enlazado a un movimiento que no se da tregua, pero que lejos está del caos, administrando equilibradamente la composición y la organización de la tela, a la que, en algunos casos, recubre y desgarra con una casi opaca lámina de plástico, que se entreabre para mostrar aun más profundamente lo que se ve, y que invita a aprender el único viaje que, estéticamente hablando, vale la pena, el de la aventura del descubrimiento. Calmos en apariencia, dinámicos en su calidad de proeicos, ya con semillas de restallante madurez, tales son los trabajos de Gabriel López Santiso. Empieza a andar por el territorio de las artes visuales, y ya ha sido capaz de trazarse un camino propio. Lo demás lo dirán el tiempo, y la firmeza de su vocación y de su trabajo. El, por su cuenta, tiene muchísimo que seguir diciendo.

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